¡Armonía en la Orquesta de la Vida!
Harmonía, en la mitología griega, es la diosa de la Armonía y la Concordia. Es hija de Ares, el Dios de la Guerra, y de Afrodita, la Diosa del Amor. A primera vista, esto podría parecer extraño: una fuerza de guerra y una fuerza de amor unidas para crear armonía. Pero profundicemos en el simbolismo de esta unión, que parece sugerir que la armonía es el resultado de una oposición.
En música, la armonía no puede crearse cuando se toca una nota sola; implica necesariamente que se toquen varias notas juntas, que podrían desafiarse entre sí. Es la forma en que se combinan, integran y equilibran entre sí lo que crea algo que suena agradable al oído del oyente. En una orquesta compuesta por muchos instrumentos -violines, flautas, trompetas, arpas, violonchelos, clarinetes, por nombrar algunos-, cada instrumento toca partes distintas, conservando su identidad distintiva y fundiéndose al mismo tiempo en el conjunto, creando una sinfonía meliflua.
Del mismo modo, en la sociedad, la coexistencia armoniosa sólo puede lograrse cuando se celebra nuestra diversidad; cuando cada uno encuentra su lugar único y tiene un papel significativo que desempeñar, una contribución que hacer. Así es como, como seres humanos, podemos tejer la amistad, no eliminando las diferencias, sino respetándolas y valorándolas.
Hoy vivimos en un mundo consumido por la competición, en el que es fácil olvidar que no puede haber comparación entre un violín, una flauta, un violonchelo y un fagot. Una orquesta dejará de ser bella si sólo está compuesta por violines. De hecho, ¡dejará de ser una orquesta! Al mismo tiempo, si falta el violín o cualquier otro elemento de la orquesta, la experiencia del oyente no será la misma. Todos somos como los distintos instrumentos de la gran orquesta de la vida, y no necesitamos imitarnos unos a otros. Nuestra diversidad embellece el mundo.
Otro concepto interesante que encontramos en la música es el de armonía vertical y horizontal. Los términos “vertical” y “horizontal” derivan de la notación musical occidental, en la que estas dimensiones gráficas se utilizan para prescribir eventos en el tono y el tiempo, respectivamente.(1) Varias notas tocadas juntas como un acorde son un ejemplo de armonía vertical. La armonía horizontal, también conocida como melodía, consiste en notas tocadas sucesivamente.
Curiosamente, en diversas culturas de todo el mundo, también se representa al ser humano como si tuviera un doble aspecto: el yo horizontal, terrenal, material, y el yo vertical, espiritual. El ámbito horizontal incluye nuestro cuerpo físico, nuestros pensamientos, emociones, etc., que experimentamos concretamente. El vertical es más sutil. Se dice que es la fuente de nuestras virtudes. Nuestra capacidad de ser amables y compasivos, nuestro valor para superar los retos, nuestra resonancia inherente con la belleza, etc. proceden de esta parte de nosotros.
La melodía tiene sus propias características e identidad, mientras que la adición del elemento vertical de la armonía la enriquece y le da otra dimensión. Podemos seguir existiendo meramente en la dimensión horizontal, aquella con la que estamos más familiarizados, o podemos permitir que el aspecto vertical nos inspire y mejore nuestra experiencia de la vida. En lugar de pasarnos la vida simplemente persiguiendo la comodidad física y otros deseos, ¿podríamos tal vez intentar vivir una vida más virtuosa?
Esta búsqueda de la virtud puede expresarse en nuestras acciones más simples y más grandes, como honrar nuestras decisiones llevándolas a cabo. Por ejemplo, cuando establecemos la intención y la alarma de levantarnos temprano por la mañana y hacer ejercicio, si podemos cumplirla en lugar de caer en la comodidad de dormitar la alarma a la mañana siguiente, habremos expresado virtud. La práctica continua de cumplir nuestra palabra también nos hará más fiables y confiables para los demás. Cuando se nos encomiende una tarea con una fecha límite, no necesitaremos que nos lo recuerden ni que nos persigan constantemente. Los demás podrán confiar y estar seguros de que la tarea se hará a tiempo.
Podemos ofrecer nuestra virtud al mundo que nos rodea, y empezar a convertirnos en parte integrante de la música de la vida. Al igual que cada músico practica su instrumento y desarrolla su habilidad, mejorando a su vez la orquesta, ¡nosotros también podemos emprender el trabajo interior para identificar las virtudes que yacen latentes en nuestro interior y fortalecerlas, haciendo que nuestra propia música sea más vibrante y melodiosa y, en última instancia, contribuyendo a la unidad y la armonía de la Orquesta de la Vida!