Belleza y significado
Recientemente he estado reflexionando sobre la capacidad de percibir la belleza y el significado. Para percibir cualquier cosa es necesario desarrollar órganos de percepción. Para ver necesitamos desarrollar los ojos. Sin oídos, las ondas sonoras serían inexistentes para nosotros. Si alguien nos hablara de fragancias y olores, no sabríamos de qué nos habla si no tuviéramos nariz.
Sin embargo, en algún momento también es necesario desarrollar lo que podríamos llamar “sentidos internos”. Para apreciar la belleza de una pieza musical, no basta con los oídos. Los gatos y los perros tienen órganos auditivos aún mejores, pero es de suponer que no aprecian la belleza de la música tanto como algunos humanos (aunque un artículo reciente de la página de ciencia de la BBC informaba de experimentos que indicaban que los gatos son receptivos a la música clásica y parecen sentir especial predilección por Haendel).
Pero, en cualquier caso, nuestra apreciación de la belleza y nuestra capacidad de percibir el significado difieren de un ser humano a otro y no creo que haya ninguna duda de que nuestras percepciones internas crecen y se desarrollan con el tiempo, sobre todo si practicamos su uso. Como dijo el ponente de una charla reciente sobre homeopatía, “la intuición crece con el tiempo”. Del mismo modo, cuando estudiaba violín y piano en la universidad, obviamente apreciaba la música y pasaba horas cada día con ella. Pero con los años he llegado a apreciarla aún más y ahora soy receptivo a la belleza de piezas que no me conmovían tanto en mi juventud. Parece que, mientras que nuestra capacidad física para ver y oír disminuye con la edad, nuestros sentidos internos crecen y somos capaces de ver más con el corazón y con los ojos de la mente.
De este modo, nuestra capacidad para percibir la belleza y la verdad no depende de esas cualidades en sí mismas, sino del desarrollo de nuestros sentidos internos. ¿Podemos, por tanto, juzgar con certeza lo que existe y lo que no? El teósofo C.W. Leadbeater dijo una vez: “Uno de los errores más comunes es considerar que el límite de nuestro poder de percepción es también el límite de todo lo que hay que percibir”. ¿Cuánto más habrá por descubrir? Y quién sabe, ¡incluso podríamos desarrollar un sexto sentido!