La luz ardiente de Japón
La vida es movimiento, y el movimiento nos transforma. ¿Tenemos algún control sobre ello? Sí, al menos en parte. Por supuesto, no podemos escapar al paso del tiempo, que nos envejece y nos pone a prueba con situaciones cotidianas. Cuando tenía 40 años, descubrí que tenía que aceptar algunas limitaciones físicas —por ejemplo, la necesidad de usar gafas por primera vez—. Luego, a los 60, entendí que tendría que vivir con la presencia constante del dolor. No un dolor inmenso —al menos no todavía, con suerte—, solo una molestia… pero ese “algo” siempre dolería: hoy la espalda, mañana un diente, después un músculo, etc.… Eso no está bajo nuestro control. Pero hay algo que sí lo está: el tiempo. Nos permite acumular experiencias. Esas experiencias pueden cambiar según nuestra capacidad de procesarlas y la dirección general que decidamos darle a nuestra vida.
La vida nos presenta constantemente una elección. En muchas situaciones, hay un camino hacia la luz, el Bien, lo Bello, lo Justo… y otro que lleva, tal vez no al extremo opuesto —la oscuridad y el mal—, pero sí al menos a una falta de luz, a comprometer lo que sabemos en el fondo de nuestro corazón que es la decisión correcta.
¿Y cuál sería esa decisión? Bueno, en pocas palabras: ¡siempre camina hacia la luz!